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Aquellas miradas indiscretas

Desde mi puesto le había visto pasar un par de veces y no me había fijado en él, no sobresalía entre los demás, era uno del montón.


Un día estaba arreglando un ordenador y pasé a su lado, como todos los días.


Caminé con paso firme y decidido, moviendo mis caderas voluptuosamente de un lado a otro dando un aire femenino y sensual a mis andares a ver si captaba su atención. La minifalda tableada mostraba mis largas piernas torneadas por el deporte practicado, esperaba provocar el giro de sus ojos.


No pude evitarlo, me quedé mirándole fijamente, a ver si me devolvía la mirada, y me sonrió picaronamente que causó que me sonrojase por mi indiscreción.


Ese día no conseguí hacer nada, mi mente se había quedado bloqueada con su imagen, con su sonrisa complaciente. Deseaba que terminase el día para volver a verle al siguiente.


Pero no vino, no apareció en toda la mañana, ¿qué la habría pasado?, ¿tendría el día libre?, ¿había cambiado de turno?, ¿le habrían cambiado de edificio? No hacía mas que mirar hacia la puerta deseando verle entrar, no me concentraba, estaba obsesionada y eso no era normal en mí, no me tomaba en serio a nadie, ni mucho menos le prestaba tanta atención, ¿qué tendría para provocar en mí tal reacción?.


Pasaban los días y no sabía nada, pregunté a varios compañeros, pero no me podían decir nada.


Cuando ya lo daba por perdido, sin haber tenido ni una oportunidad para poder oír su voz, apareció en la sala de descanso, miró a su alrededor como si buscase a alguien, entonces se acercó a mi mesa y se sentó a mi lado. No lo podía creer.


De pronto, escuché su voz, era dulce, cálida, y quizás un poco aguda. Me estaba preguntando algo pero los nervios me impedían entenderle. Otra vez me repitió ¿en qué área trabajas?, clavándome sus ojos verdes. Oí como mi voz temblorosa le contestaba que en Innovación. Puso cara extraña, me dijo que no comprendía en que consistía mi trabajo. Intenté explicárselo pero decía frases incomprensibles y me miraba con cara divertida por mi confusión, ¡no podía evitarlo!, me ponía cardiaca.


Se acercó a mí marcando sus brazos y torso a través de la apretada camisa y pude comprobar que tenía un cuerpo escultural, un cuerpo que merecía ser adorado, y sobre todo profanado.


Pasó a mi lado unas cuantas veces, sin decir nada, ni mirarme, simplemente me hizo un guiño y eso fue suficiente para que mi cuerpo se alterase provocando un estado de excitación.


No sabía qué pensar, sus palabras en la sala, el guiño cómplice, significaban algo o únicamente eran un juego para reírse de mí. No quería sacar ninguna conclusión precipitada, mejor dejar que las cosas transcurrieran tranquilamente.


Durante dos días no pasó nada ni dijo nada, parecía no darse cuenta de mi presencia, esto provocaba una gran perturbación, y en el fondo, me cabreaba que estuviese pendiente de su actitud cuando lo habitual era lo contrario, mi indiferencia ante la insistencia, el atolondramiento…


Ya había pasado una semana sin que ocurriese nada entre nosotros, las cosas empezaban a calmarse, a sosegarse, cuando, de pronto, se inició el comienzo de la “catástrofe” a la que me arrastraría.


Todo empezó con un encuentro fortuito en el pasillo del cuarto de baño. Yo salía y él entraba. Cuando le vi, un escalofrío recorrió mi espalda, su mirada recorriendo descaradamente mi cuerpo delataba una idea perversa y a la vez tentadora, su cara expresaba deseo, pasión … y eso me asustaba, no sabía dónde podía tener el límite.


Poco a poco nos fuimos acercando sin dejar de mirarnos. Una vez estuvo a mi lado, su cara se transformó, se tranquilizó.


Noté como su mano rozaba suavemente la mía, una sencilla caricia que encendió mi cuerpo. Se giró y me sonrió descaradamente. Desde ese momento sabía que existía una complicidad entre nosotros y no iba a dejar pasar la oportunidad de conocerle.


Los días siguientes los dos buscábamos al otro con la mirada para espiar cuando iba a ir al descanso para que ¡casualmente! coincidiésemos y conversásemos un rato, aunque fuese sobre temas corrientes (el trabajo, el tiempo, …) Se nos notaba nerviosos, acelerados, alterados por al presencia del ser deseado, pero no nos importaba.

Un día en que entraba a la cocina, cuando ya se habían ido casi todos, súbitamente apareció por la puerta, debía haberme seguido. Se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme apasionadamente.


Me pilló por sorpresa, no me esperaba esa reacción suya, no sabía si apartarle (no era el lugar adecuado) o bien dejarme llevar por la emoción a pesar de que cualquier persona nos podía descubrir. Era difícil no abandonarse en sus manos, no dejarse tentar, así que no lo hice, no puse freno a mis impulsos.


Por lo que acerqué mi cuerpo al suyo, notando su torso y músculos, y descubrir que en un abrir y cerrar de ojos me había desabrochado la camisa.


Introdujo su mano por debajo de mi camisa, agarrando entre sus manos mi voluptuoso seno. Pellizcó suavemente sus duros pezones y un gritito de placer resonó en mi garganta.


Deslicé mi mano por su cuerpo dirigiéndola hacia el centro del poder. Lentamente, bajé la cremallera de su pantalón y pude avanzar sin ningún impedimento hacia su embrutecido objeto. Estaba resbaladizo, suave, caliente y sobre todo duro, como me gustaba. Mis dedos se deslizaban ágilmente desde la punta por toda la superficie causando que emitiese unos débiles y ahogados gemidos que no podía reprimir.


Decidió entrar en el juego, no iba a permitir que fuese una solitaria partida, así que metió su mano por mi pantalón, resultaba complicado acceder al infierno que emanaba de mi triángulo del placer por lo que abrió mi cremallera.


Mi coño estaba muy húmedo e hinchado, los labios resbalaban entre sus dedos. Paré mi mano sobre su enhiesto mástil, no podía resistir que frotase tan vigorosamente mi abultado clítoris. Metió su dedo en mi cavidad vaginal, encontrándola agradablemente esponjosa. Comenzó a moverlo rítmicamente en su interior, mi extasiada cara lo decía todo.


En ese momento escuchamos unas voces que se acercaban, así que paramos bruscamente. Me susurró que me fuese y le dijo que no, mirando el habitáculo del baño, “podemos escondernos allí”.


Agarró mi mano y me arrastró hacia su interior, cerrando la puerta despacio para no hacer ruido y pudiesen descubrirnos.


Se bajó el pantalón bruscamente y engullí su enervado fuste sin ningún miramiento. Me miraba sorprendido, se asombraba de mi decisión, no le había pedido permiso, hacía lo que me apetecía sin que pudiese opinar. Mi boca se movía frenéticamente, recogiendo todo el líquido de su falo. Parecía excitarle notar como mi lengua caliente chupaba, absorbía, se restregaba por su abultada verga. La emoción iba aumentando, no podía resistir más esa situación.


Sin decir ni una palabra, le senté sobre la mesa, me atrajo hacia él, bajé los pantalones y me puse a horcajadas encima suyo para obtener una profunda penetración. El ritmo era diabólico, estábamos desenfrenados, las fuertes embestidas, al apretar sus piernas contra mis muslos, hacían que nuestros cuerpos se pegasen. Era difícil controlar nuestros jadeos pero no nos importaba.


En uno de los envites, su cuerpo no pudo aguantar más y se derramó la leche sobre mi cuerpo deslizándose por sus muslos. Un líquido caliente y pegajoso fruto de la pasión contenida durante bastante tiempo en su interior. Había sido un polvo memorable.


Lentamente, con una sonrisa en su cara satisfecha, se acercó a mi oído y me susurró “esto no puede seguir, tengo novia”. Se levantó y se fue, desapareciendo de mi vida y dejándome hecha polvo.

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